Cuántas veces habremos escuchado esa frase tan filosófica y profunda «conócete a ti mismo».

¿Cómo demonios se hace eso?

Arranco una intervención que dividiré en 3 partes para ver qué cosas podemos hacer y qué cosas son mandangas sin evidencia y debemos dejar de hacer. Espero que os resulte interesante.

En esta primera parte, necesito que te cuestiones algunas cosas que seguramente, dabas por ciertas.

Aislarte y «pensar» sobre ti, no es un buen camino

Muchas veces, estas ideas vienen envueltas en un halo de misterio, como si dentro de nosotros existiera una esencia oculta esperando ser descubierta a través de la introspección, la meditación o alguna experiencia trascendental. Pero la realidad es que sabemos mucho más sobre nuestra conducta de lo que solemos pensar. Y lo sabemos porque llevamos décadas investigándola de manera rigurosa. No hace falta que lo dejes todo a tu capacidad de perderte en tus pensamientos y dolor, la ciencia ya hablado de manera contundente sobre muchos aspectos.

La ciencia del comportamiento: sabemos más de lo que crees

El Análisis Experimental de la Conducta ha demostrado que nuestras acciones siguen leyes precisas de aprendizaje. Se trata de una disciplina basada en la observación y experimentación rigurosa, que permite entender cómo adquirimos nuevas conductas, cómo las modificamos y cómo nuestro entorno influye en lo que hacemos. No necesitamos explicaciones mágicas ni recurrir a conceptos vagos para entendernos.

Uno de los grandes avances de esta ciencia es que nos permite ver que no hay una «verdadera esencia» dentro de nosotros esperando ser descubierta. En su lugar, lo que llamamos personalidad o identidad es el resultado de nuestra historia de interacciones con el ambiente. Entender esto es clave para «conocernos a nosotros mismos» de una manera realista y útil.

Observemos a otros animales ¿por qué ignorar que existe la evolución?

En medicina, no nos parece extraño que los estudios en ratones o primates nos ayuden a desarrollar nuevos tratamientos. Sabemos que hay suficientes similitudes biológicas entre especies como para que lo que funciona en ellos pueda decirnos algo sobre nosotros. Entonces, ¿por qué nos cuesta aceptar que lo mismo ocurre con cómo nos comportamos?

El Análisis Experimental de la Conducta ha utilizado modelos animales para comprender mejor los mecanismos del aprendizaje. A través de estudios con diversas especies, se ha demostrado que los principios que rigen la adquisición y modificación de la conducta son universales. Desde el condicionamiento clásico hasta el condicionamiento operante, los mismos procesos que explican cómo una rata aprende a presionar una palanca para obtener comida pueden ayudarnos a comprender cómo las personas adquieren hábitos y responden a su entorno.

El aprendizaje por refuerzo, por ejemplo, es un mecanismo clave tanto en animales como en humanos. Sabemos que la conducta que es reforzada tiende a repetirse, mientras que aquella que no lo es o que se castiga, tiende a desaparecer. Esta es una de las razones por las que nuestro comportamiento cambia en función del contexto y de las consecuencias que experimentamos en nuestro día a día.

Lo que de verdad nos diferencia puede hacernos «únicos» pero no «especiales»

Sin embargo, existe una diferencia clave entre los humanos y otras especies: el lenguaje. Nuestra capacidad para comunicarnos con palabras nos permite transmitir conocimiento sin necesidad de experimentar cada situación directamente. A diferencia de otros animales, no solo aprendemos por observación o imitación, sino que podemos interiorizar normas y conceptos abstractos a través de la comunicación verbal. Este hecho amplifica nuestra capacidad de aprendizaje y nos permite acumular conocimientos a lo largo de generaciones, dándonos una flexibilidad y adaptabilidad sin precedentes en el reino animal.

Esa ventaja evolutiva, viene con trampa. Ese vehículo como es comunicarnos de manera sofisticada, también hace que podamos revivir situaciones desagradables, anticipar otras que nunca ocurrirán y sufrir en ese vaivén reflexivo que nos quita lo que el resto de animales sí parecen tener: centrarse únicamente en el aquí y ahora.

Nosotros no somos diferentes en los principios de aprendizaje, pero sí en la complejidad de nuestra conducta gracias al lenguaje. Aprendemos por modelado, por ensayo y error, por refuerzos y castigos, pero también mediante la enseñanza explícita y la transmisión cultural. No necesitamos un viaje introspectivo para descubrir nuestra «verdadera naturaleza»; necesitamos observar nuestro propio comportamiento y cómo responde a las condiciones de nuestro entorno.

Conocerse a uno mismo no es una búsqueda mística ni un viaje solitario. Es entender que somos el resultado de nuestras interacciones con el mundo y que, afortunadamente, eso significa que podemos cambiar, adaptarnos y mejorar sin necesidad de buscar respuestas en lo invisible. La ciencia ya nos ha dado herramientas para hacerlo.

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