Vivimos tiempos de etiquetas. Antes era la «persona tóxica», ahora el nuevo villano de moda es el narcisista.
Basta con una búsqueda rápida para encontrar decenas de vídeos, listas y artículos con títulos como “10 señales para saber si estás ante un narcisista”. Y muchos de esos contenidos giran en torno a figuras de poder en el trabajo: directivos, responsables de equipo, jefes.
¿Pero de verdad nos ayuda pensar así?
Desde el análisis de la conducta, la respuesta es clara: no. Llamar “narcisista” a alguien no explica por qué actúa como actúa, ni mucho menos nos da herramientas para cambiar esa situación.
Etiquetas que suenan bien, pero no cambian nada
Decir que una persona “es narcisista” puede sonar a ¿explicación?, incluso a un término científico. Pero en realidad, esa etiqueta puede abarcar una infinidad de comportamientos diferentes. Y lo peor: muchas veces sirve como excusa para no analizar qué está pasando de verdad.
“No escucha a nadie porque es narcisista.”
“Quiere todo el protagonismo porque es narcisista.”
“Se adjudica el mérito de los demás porque es narcisista.”
Estamos ante un razonamiento circular. Explicamos una conducta con una etiqueta que, a su vez, se define por la propia conducta. ¿Y ahora qué?
Nada. Porque «el diagnóstico» no lleva a la intervención.
Cambiemos la pregunta: ¿qué función tiene esa conducta?
El análisis de la conducta propone un enfoque diferente. No nos preguntamos qué es una persona, sino qué hace, en qué contexto y con qué consecuencias.
¿Esa persona acapara reuniones? ¿Desvaloriza el trabajo de su equipo? ¿Se expone continuamente en redes buscando validación? ¿Lo ha hecho siempre? ¿Solo en ciertos contextos?
En lugar de diagnosticar, buscamos entender qué consecuencias están reforzando esos comportamientos. Porque todo patrón de conducta se mantiene por algo: atención, poder, aprobación, evitación de tareas incómodas, o incluso porque ha sido útil en el pasado.
¿Y si el problema no es la persona, sino el contexto?
Cuando en una empresa varios mandos muestran comportamientos etiquetables como “narcisistas”, quizás no estamos ante una epidemia de personalidades problemáticas, sino ante un sistema que refuerza y premia ese tipo de conductas.
👉 Empresas que recompensan al más visible, no al más cooperativo.
👉 Culturas laborales que interpretan la autoconfianza impostada como liderazgo.
👉 Entornos donde la vulnerabilidad se penaliza, y la arrogancia se aplaude.
Desde este enfoque, el narcisismo no es una causa interna, sino un conjunto de comportamientos moldeados por contingencias culturales, organizativas e históricas.
El narcisismo como síntoma de época
No podemos ignorar el papel de lo social. La cultura actual —hiperindividualista, centrada en la imagen y en el rendimiento personal— es terreno fértil para comportamientos centrados en la validación externa.
Likes, seguidores, visibilidad, marca personal, optimización. Todo gira en torno a ser visto, gustar, sobresalir. En ese contexto, ¿realmente sorprende que ciertos estilos de liderazgo se parezcan tanto a lo que llamamos “narcisismo”?

